Eran las 7 de la mañana cuando un grito cortó el silencio del jardín. No era el canto habitual de las cotorras que pasan en bandada cada amanecer, sino algo distinto: un llamado insistente, rasposo, casi desesperado.
Una cotorra caída en el jardín. No volaba. Tenía un ala rota, torcida hacia un costado. Intentaba arrastrarse entre las plantas, pero apenas avanzaba. No era suya, no la conocía, no llevaba nombre. La tomó con cuidado porque estaba viva y claramente no iba a sobrevivir sola. La cuidó como pudo durante la noche y decidió llamarla Perico. Al día siguiente salió a buscar ayuda.
Entró a una veterinaria. Luego a otra. Después a una tercera.
La respuesta fue siempre la misma, con distintos tonos: no atendían aves, no se especializaban, no podían hacer nada.
Con la cotorra en la mano emprendió el regreso caminando. No había más opciones. En algún punto del trayecto sintió el cambio: el cuerpo pequeño se aflojó, el peso dejó de resistir. Perico murió ahí, en su palma, después de haber sido sostenido, pero sin haber sido atendido.
Al pasar por la plaza Don Juan Bosco, en San Bernardo, el contraste fue inmediato. En los árboles, decenas de cotorras cantaban. El sonido era el de la vida que seguía. El adulto no pudo contener las lágrimas.
Una mujer se acercó y le preguntó qué ocurría. Él contó, en pocas palabras, la historia. No exageró nada. La mujer escuchó en silencio y se conmovió. Cuando él dijo que quería enterrarlo en la plaza, en un lugar donde seguramente habría cantado como las otras, ella no dudó: fue a buscar una pala.
Cavaron juntos. Lo enterraron bajo un árbol. No hubo discursos ni rezos. Solo el gesto. Arriba, entre las ramas, la vida volvió a sonar.
Cierre: Una Lectura Ético-Psicológica
Esta escena fue leída por algunos como una exageración, por otros como un signo de fragilidad emocional. Sin embargo, observada con atención, no describe una patología, sino una secuencia ética completa.
El adulto no lloró por un símbolo abstracto ni por una proyección infantil. Lloró porque intentó salvar una vida, buscó ayuda en instituciones que no respondieron y presenció una muerte evitable desde el punto de vista del cuidado, aunque no desde el de los recursos disponibles.
Desde la psicología, la intensidad emocional no surge de la especie del ser perdido, sino de tres factores bien documentados: la asunción de responsabilidad, la impotencia moral y el testimonio directo de la muerte.
Desde la ética, el gesto revela una posición clara: la vida sintiente, aun cuando no tenga lugar en los sistemas formales de atención, merece reconocimiento. El entierro no fue un acto impulsivo, sino un ritual mínimo de dignificación.
No hubo confusión entre humano y animal ni ruptura con la realidad. Hubo empatía sin jerarquías y duelo sin cinismo. La intervención de la mujer —ofreciendo una pala— confirma, además, que el gesto fue comprendido y validado socialmente.
En tiempos en los que muchas muertes pasan sin testigos ni ritual, esta historia no habla de un exceso de sensibilidad, sino de algo más incómodo: la evidencia de que ciertas vidas, como la de Perico, quedan fuera del amparo institucional, y de que todavía existen personas capaces de sentirlo.
El llanto no fue por una cotorra cualquiera.
Fue por Perico, una vida que importó, aunque para el mundo de los humanos solo fuera una cotorra más.
Perico, la cotorra
(15/12/2025 – 16/12/2025)
San Bernardo, La Costa, Buenos Aires
16 de diciembre de 2025, 13 hs
Auriel Martin